SOÑAR DE DÍA

Soñar de día

Ayer fue un día raro. Me pasé la noche soñando que alguien me perseguía. Por la mañana me desperté y seguí soñando. Era casi la hora de las brujas cuando me di cuenta de que a veces los sueños no se apagan cuando suena el despertador. Parece increíble (ahora) pero las cosas que estaba pensando me producían tantas sensaciones que aunque no estuvieran ahí, delante de mis ojos, para mí eran absolutamente reales.

Era como cuando pierdes la cartera, o cualquier otra cosa que te importe, y empiezas a hacer conjeturas sobre cómo la has perdido, o sobre quién te la ha robado… Se te remueve todo por dentro, las sospechas dejan de ser sospechas y se vuelven certezas. Ya sabes quién fue. Y cuándo. La indignación y la rabia se apoderan de ti. O la impotencia, si no puedes hacer nada. Tienes que soltarlo, tienes que hablar con quien sea.

Luego, después de darle vueltas durante horas al molinillo de las ideas, y después de llamar por teléfono, decides darte una ducha para relajarte.

Al tomar la toalla que habías dejado sobre la silla, aparece la cartera.

Esto es soñar de día. Y lo peor de todo es que la mayoría de las veces soñamos sueños espantosos. Sueños que no son más que pensamientos a todo color, en 3D y con extraordinarios efectos especiales. Pensamientos que nos dan nuestra versión particular de “cómo son las cosas”, de quién robó la cartera…

Porque la mente no es una cámara sino un pincel. Y no paramos de pintar cuadros.

No te digo que dejes de pintar, que dejes de pensar, pero a veces, sobre todo en esos momentos en que parece que la bruja va a alcanzarnos, vale la pena recordar que no hay que tomarse en serio los sueños.

La realidad no es lo que pensamos…

Niolus