PEQUEÑOS MILAGROS ENORMES

Niños, que desarman con la mirada, que absorben (y son) la luz del mundo. Un día más que amanecemos vivos, montados en esta peonza cósmica llamada Tierra, desplazándonos por prados infinitos de luceros y galaxias. Ríos de sangre caliente que dan vida a los miles de millones de seres que componen nuestro pequeño universo. El aire entrando y saliendo por los corredores del cuerpo. Los músculos, los nervios, la maravillosa maquinaria viva que habitamos y que nos permite desplazarnos y sentir.

Es increíble estar aquí. En este momento. Radiantes y vivos. Hechos del mismo material que los meteoros. Fuego puro, luz, potencia. Un milagro que no alcanzamos a comprender, a percibir siquiera, perdidos como estamos en nuestro sueño de pequeñez…

Inmortales. Más allá de la cáscara, de la vestidura de carne que recibimos al entrar a este mundo fascinante. Poderosos. Con la capacidad de soñar que no lo somos. Creadores magníficos. Responsables absolutos de nuestra felicidad. Milagros andantes. Guerreros compasivos. Mensajeros de buenas nuevas.

Hemos venido a dejar huella, a arar los campos, a dejar detrás de nosotros un mundo más cálido. Esta vida es el patio de nuestro recreo, el lienzo donde pintamos, el barro con el que damos forma a los sueños, el cañón que dispara nuestro amor.

No dejemos nunca que se nos cierren los ojos. Que se nos achique el alma de miedo. Que las historias que nos contaron y nos contamos, los falsos nombres, la costumbre de mirar siempre al suelo, nos hagan olvidar que cada instante de vida rebosa magia.

Atrévete. Atrévete a recordar quién eres.

baby

EL JUEGO

Gato, pelota… puede que la tercera palabra fuera grillo. O quizá fuera jirafa, o sofá… No sé. La verdad es que no me acuerdo. Ya han pasado más de cuarenta años de ese día. Sin embargo recuerdo vivamente la figura del maestro, con su bigotito y su sonrisa enigmática al proponernos el juego. “Ahora, de uno en uno, levantad la mano y decid una palabra.” Por supuesto todos los niños gritamos a la vez, y solo después de varios ensayos el maestro consiguió que fuéramos diciendo, uno detrás de otro, las palabras que él iba escribiendo con tiza en la pizarra. Luego nos pidió que eligiéramos tres para crear con ellas una historia. Nos daba cinco minutos para pensarla. Cinco minutos, una eternidad cuando se tienen seis años.

No pude esperar. Me puse de pie y sobre la marcha empecé a inventarme una historia. Y descubrí que lo que más me gustaba del mundo era contar cuentos. También descubrí otra cosa:

Que ese día el maestro nos había enseñado el Juego de la Vida. Ni más, ni menos.

Es curioso que me haya pasado media vida sin darme cuenta y buscando la clave en cientos y cientos de libros, cuando estaba ahí, en una mañana soleada, en una clase llena de niños alborotando sin parar, en un maestro que sonreía como si estuviera plantando una semilla secreta en nuestras mentes con su inocente juego.

Llegados a este punto, no me queda otra que preguntarte, ¿quieres aprender a jugar?

Pues es muy sencillo, elige tres palabras… Pero, espera, antes voy a explicarte las reglas:

No vale pensar ni analizar. Olvídate de todo lo que crees que sabes. Imagínate que tienes seis años.

Bien. Ahora elige tres palabras que definan tu vida en este momento, tres palabras en las que pienses a menudo (si eres una persona normal tendrás cierta tendencia a elegir, como mínimo un problema, o dos…)

¿Las tienes? Te pongo algún ejemplo, hipoteca, hijos, vacaciones… Lo que quieras, pero sin juicios de valor. No vale poner tristeza, o injusticia, tiene que ser algo objetivo. Ya sabes, como pelota o gato.

Recuerda, tienes seis años. Cierra los ojos, si quieres, mira como el maestro, de espaldas, va escribiendo tus tres palabras, ¿escuchas el rasgar de la tiza sobre la pizarra?

Date cuenta de que con esas palabras, con esos hechos, puedes crear la historia que te dé la gana. Sí, ya sé que algunas no las habrías elegido si pudieras, que te han “tocado” en suerte. Pero aun así, es fundamental que comprendas que puedes hacer con ellas lo que quieras. Puedes inventar un cuento en el que eres el héroe o la heroína, o una historia de terror, o un melodrama. Puedes hacer una comedia…

Algunas de las palabras son terribles, parece imposible crear algo con ellas que no sea sufrimiento. Pero tú eres el que escribe la historia. Por mucho que te cueste creerlo estás por encima de tus circunstancias. No dejes que nada ni nadie pueda contigo. Sé el personaje que siempre has soñado. Crea la historia más hermosa del mundo. Sé el protagonista, no alguien que pasaba por la vida y al que le ocurrieron una serie de cosas…

Adelante, el juego empieza ahora. No termina nunca.
gato

TOCAR SIN PARTITURA

flute

Dicen que un proyecto es un sueño al que se ha puesto una fecha de cumplimiento. Qué bonito, ¿no? Pues si te digo la verdad, yo es ver en una misma frase las palabras proyecto y fecha y entrarme ganas de salir corriendo. Tengo aversión a las fechas, a los planes, aunque sí creo en la necesidad imperiosa de mover el culo y no esperar que el Universo y Paulo Cohelo vengan a traernos los sueños en una bandeja.

Los niños funcionan de otra manera y eso es lo que estoy redescubriendo. Se puede decir cualquier cosa de los niños menos que no saben aprender. Te cuento cómo hacía las cosas antes y cómo las hago ahora.

Llevo toda una vida comiéndome las uñas y proponiéndome como objetivo dejar de comérmelas. Al igual que me pasó con el alcohol o con el tabaco, o con miles de cosas más (estudiar una oposición, escribir una novela, ganar muchísimo dinero…) el buen propósito se queda escrito en una libreta o en un archivo con todo lujo de detalles y colorines, fecha de cumplimiento incluida, y el yo verdadero sigue haciendo exactamente lo mismo, fumar, beber, no escribir, no ser rico, y además comerse las uñas.

Llevo unos cuantos meses sin mordérmelas. Algo que no me había pasado en mi vida. Precisamente, en parte, porque he dejado de proponérmelo y de hacer de ello un objetivo. Un buen día empecé a dedicarme a notar la sensación de tener uñas (que antes me desagradaba) con curiosidad. Quizá a aceptarla, pero sin proponerme nada, desde luego. Y aquí estoy. Tengo unas uñas preciosas, por cierto.

He vuelto a tocar la flauta travesera. Llevaba más de 10 años sin hacerlo y por supuesto uno de mis proyectos era volver a tocarla. Pero veía el proyecto y me acojonaba, lo iba posponiendo. Me hacía falta mucha voluntad para volver a empezar y nunca la reuní. Un día pensé que en lugar de proponerme nada podía simplemente llevármela a los labios, un minuto, unos segundos, sin exigirme nada. Dejarla montada en un sitio bien visible y sentir que me invitaba. Ahora los segundos se han convertido en bastantes minutos y además diarios. Muy pronto tocaré no como tocaba antes, sino mucho mejor. Gracias a que no me he puesto una fecha ni lo he convertido en nada grande.

Soy traductor. Me he pasado casi tres años proponiéndome trabajar más rápido, llegar a una media de 10 páginas al día. Con eso he conseguido una tensión tremenda durante todos estos años. Y como mucho, después de un día entero (perdiendo mucho el tiempo eso sí) llegaba a las 8 páginas. Ayer, para que te hagas una idea, me hice 9, en tres horas, mientras escuchaba con los auriculares un concierto de Jethro Tull a todo volumen disfrutando como un enano (la gente se me quedaba mirando en la biblioteca porque no paraba de bailar con todo el cuerpo). Hace dos días me hice 13. Lo hice porque no tengo ninguna meta de páginas en mi cabeza, ni siquiera las voy contando. Me limito a disfrutar el proceso sin darle importancia a los resultados.

Esto es en definitiva lo que quiero decirte, que no creo en la voluntad ni en los planes, aunque a veces sean un mal necesario. En la medida de lo posible lo dejo todo al juego, al proceso natural de las cosas, contando siempre con que hay una voluntad de aprender, de superarse. La vida nos va bombardeando continuamente con circunstancias que no estaban en el guión, como esas máquinas que arrojan pelotas a los tenistas.

Los planes están bien, pero no tienen nada que ver con la vida. La vida es el arte de improvisar. Una canción sin partitura que ni siquiera sabemos cuando termina… Eso es lo que la hace preciosa.

INSTANT ZEN

ZEN PARA FRIKIS

“No ser nada, no saber nada, no tener nada. Esta es la única vida que merece la pena vivir. La única felicidad que vale la pena.” Sri Nisargadatta Maharaj.

Para mí esto significa dos cosas: primera, reírse de lo trascendental, segundo, no pensar tanto. Enterrada bajo un montón de pensamientos está nuestra esencia. Ser nada es simplemente mirar debajo de tanto análisis y tanto rollo, comerte un helado, limpiar los zapatos silbando, mirar el mar o la gente que pasa. Ser nada, o mejor dicho nada más ser. No tener, no tener tantos apegos, tanto en lo que pensar. No saber, más de lo mismo, ser libre de las garras de la mente y de racionalizaciones como estas. Pensé que estos tres personajes de Star Wars remedando a los famosos monos del templo de Niko y la frase de este señor, que debe ser indio (de Córdoba no es) lo resumían mejor. 🙂

SOÑAR DE DÍA

Soñar de día

Ayer fue un día raro. Me pasé la noche soñando que alguien me perseguía. Por la mañana me desperté y seguí soñando. Era casi la hora de las brujas cuando me di cuenta de que a veces los sueños no se apagan cuando suena el despertador. Parece increíble (ahora) pero las cosas que estaba pensando me producían tantas sensaciones que aunque no estuvieran ahí, delante de mis ojos, para mí eran absolutamente reales.

Era como cuando pierdes la cartera, o cualquier otra cosa que te importe, y empiezas a hacer conjeturas sobre cómo la has perdido, o sobre quién te la ha robado… Se te remueve todo por dentro, las sospechas dejan de ser sospechas y se vuelven certezas. Ya sabes quién fue. Y cuándo. La indignación y la rabia se apoderan de ti. O la impotencia, si no puedes hacer nada. Tienes que soltarlo, tienes que hablar con quien sea.

Luego, después de darle vueltas durante horas al molinillo de las ideas, y después de llamar por teléfono, decides darte una ducha para relajarte.

Al tomar la toalla que habías dejado sobre la silla, aparece la cartera.

Esto es soñar de día. Y lo peor de todo es que la mayoría de las veces soñamos sueños espantosos. Sueños que no son más que pensamientos a todo color, en 3D y con extraordinarios efectos especiales. Pensamientos que nos dan nuestra versión particular de “cómo son las cosas”, de quién robó la cartera…

Porque la mente no es una cámara sino un pincel. Y no paramos de pintar cuadros.

No te digo que dejes de pintar, que dejes de pensar, pero a veces, sobre todo en esos momentos en que parece que la bruja va a alcanzarnos, vale la pena recordar que no hay que tomarse en serio los sueños.

La realidad no es lo que pensamos…

Niolus

REGRESAR A GUADALUMPUR

Hacer turismo en Malasia, Cartagena de Indias, o Guadalumpur, no tiene ningún mérito. Una vez nos plantamos allí el instinto natural de aventureros nos sale a flor de piel y nos hace ir de un lado a otro sacando fotos. Es el mismo instinto que en la infancia nos vuelve piratas, exploradores, héroes y heroínas… Es lo que nos hace abandonar la comodidad del nido. Alzar el vuelo.

Pero, ¿cuándo fue la última vez que hiciste turismo por tu ciudad, tu calle, tu casa?
¿Cuándo fue la última vez que de verdad estuviste allí?
No de paso, sino con los cinco sentidos.

Porque a veces no estamos presentes en nuestra vida. El cuerpo se queda en la cocina, en la oficina, o donde sea, pero la mente sabe Dios por dónde anda. Y luego nos extraña esa soledad que sentimos, ese vacío…

¿Cómo no va a ser así? No hay nadie en casa. Solo un maniquí que asiente con la cabeza y contesta cuando alguien le habla. El maniquí se delata por sus gestos mecánicos, repetitivos…

-Fuma sin parar con la mirada perdida.
-Toma una copa tras otra sin saborearlas.
-Se come las uñas sin ni siquiera darse cuenta.
-Piensa y piensa una y otra vez la misma idea.

Son gestos tan automáticos que a veces no podemos pararlos. Sin embargo tienen una razón de ser.

Te están diciendo: muévete, sal de aquí, no me gusta este sitio, este preciso momento.
Curiosamente la mayoría de las veces no se trata del sitio, ni del momento, sino de la historia que nos estamos contando. Es de ahí de donde hay que salir. De los pensamientos.

¿Cómo se hace esto?

Algunos meditan. No es una mala costumbre, pero tampoco es necesaria. Al fin y al cabo hemos vivido en el presente toda la vida y no meditábamos. O quizá es que meditar sea solamente estar en lo que haces.

Podemos usar las mismas herramientas con las que salimos del momento, para salir de la mente y volver aquí:

-Fumarnos el aire, ser conscientes de los olores que nos rodean, de la sensación de la brisa, del calor.
-Bebernos los sonidos, dejarnos envolver por ellos, escucharlo todo como si fuera música.
-Comernos los colores, apreciar la composición de color, luz, movimiento, en las calles, el cielo, las gentes… Vivimos en una obra de arte. Somos parte de ella.
-Pensar solo en lo que tenemos delante, en este preciso momento. Todo lo demás no existe. Ahora.

Lo mejor de todo es que una vez que sales de la mente te encuentras con el presente. No hay pérdida.

Y cuando estás en el presente cualquier sitio es Guadalumpur.

Disfruta el viaje. Y, si quieres, mándame una postal cuando llegues.

Niolus

biting nails

JUGAR AL MIEDO

Hubo un tiempo en que no había lugar ni tiempo para ese extraño mundo de las preocupaciones. Una época en que cada momento era único y el siguiente impredecible e ilusionante, ¿qué nos traerá mañana?, nos preguntábamos con una sonrisa por la noche mientras nos dejábamos caer bajo las sábanas. ¿A qué jugaremos?

Cuando la preocupación apareció en escena, disfrazada de amor, disfrazada de interés genuino por ese mismo día de mañana, comenzó a pintarnos un mundo en el que el futuro seguía siendo incierto, pero eso sí, no tan divertido. La pregunta pasó a ser

¿Qué me ocurrirá?

Y la incertidumbre se volvió oscura y tenebrosa.

Es más, el pasado y el presente empezaron a perder todo su brillo y su sentido.

Como si lo único importante fuera lo que vendría a partir de ahora.

Pronto empezamos a darnos cuenta de que, en pequeños instantes, a lo largo de todo el día, abandonábamos el momento. Habíamos empezado a irnos. A soñar con otro tiempo “mejor.”

Para cuando llegamos a adultos el mecanismo de la preocupación (es decir, de vivir fuera del ahora) estaba totalmente establecido. Habíamos conseguido dejar de estar en el presente casi por completo, con muy raras excepciones. Teníamos que recurrir a cosas extraordinarias como la meditación, para conseguir lo que antes sentíamos, sin esfuerzo, a diario. Y lo más curioso es que ahora este hábito insano de preocuparnos y de negarnos a vivir hasta que se solucionaran los problemas, se había vuelto totalmente invisible.

Es por eso que cuando una noche nos encontramos dando vueltas sin poder pegar ojo, o comiéndonos las uñas, ni se nos ocurrió que nuestro problema tuviera algo que ver con la preocupación (algo invisible a nuestros ojos y además perfectamente natural) del mismo modo que un alcohólico se negaría a admitir que sus problemas tengan que ver con el alcohol.

El alcohólico pensaría que, en todo caso es posible que beber no solucione sus problemas, o incluso que los aumente, pero que si no tuviera esos problemas no bebería.

Es decir, muerto el perro se acabó la rabia.

Cuando nos preocupamos pensamos exactamente igual, ¿cómo vamos a dejar de preocuparnos? lo que necesitamos es arreglar los problemas y luego ya se irán las preocupaciones.

Que me toque el gordo y ya verás como me despreocupo.

Pero se nos olvida un detalle muy importante: la preocupación no tiene ninguna razón de ser. Ni con gordo, ni sin él.

Al repasar la historia de cómo la preocupación entró en nuestras vidas nos damos cuenta de que las cosas son muy diferentes a como solemos verlas. Y quizá mucho más fáciles.

Recuerda: la preocupación entró disfrazada de amor.

De ahí hemos sacado que si queremos de verdad a alguien (empezando por nosotros mismos), en cierto sentido nuestro “deber” es preocuparnos. Es decir, sufrir de antemano por ellos. En el fondo de nuestra mente o de nuestro corazón deben quedar resquicios de una superstición reminiscente de los antiguos sacrificios humanos que nos dice que si sufrimos lo suficiente ahora, nos evitaremos sufrir en el futuro. O que si sufrimos lo bastante, vendrá alguien a ayudarnos.

Sin embargo la vida no funciona así. En realidad preocuparnos nos ayuda tanto a resolver los problemas como mordernos las uñas.

Morderse las uñas, roerse, reconcomerse, es la metáfora física perfecta para el mal interno del que estamos hablando. Para esa costumbre, ese hábito de no andar en el presente. De soñar pesadillas despierto y no descansar cuando tenemos que hacerlo.

Vamos a aprender a dejar de mordernos las uñas por dentro y por fuera. A dejar de preocuparnos. Dos, por el precio de uno.

Por lo pronto ya sabes dos cosas que van a ayudarte:

-Preocuparse no significa querer.

-Preocuparse no significa solucionar problemas.

Vamos a empezar despacito. Imitando los mismos pasos con que la preocupación entró en nuestra vida. No nos vamos a comprometer a dejar de preocuparnos de golpe sino que, por el contrario, vamos a empezar a “huir” por ratitos, a ese momento presente del que vivimos tan alejados… Lo importante es confundir al enemigo. Y divertirse haciéndolo.

Un abrazo

Antonio Luis Gómez (Niolus)NIÑAS JUGANDO PLAYA

SER AGUA

cascadas

Imagina que pudieras leer un libro que contiene todas las respuestas a todo lo que seas capaz de preguntarle. De las más profundas a las más pedestres. Un libro con más autoridad que mil millones de libros sagrados y sabios iluminados de la India. Un libro sin una sola letra, sin una sola palabra, que puedes leer con los ojos cerrados y que nunca repite sus enseñanzas…

Ese libro existe y podríamos llamarlo el Libro del Agua, si no fuera porque se resiste a todos los nombres, a todos los títulos, a todas las etiquetas. Como una buena maestra el agua te enseña con su ejemplo. Te muestra que la esencia de la vida y del pensamiento (la vida que corre por dentro) es fluir, montaña abajo, adaptándose al terreno, rodeando los obstáculos, corriendo sin prisa ni pausa hacia su destino.  Que solo se vuelve turbia cuando la obligamos a detenerse, cuando se estanca, cuando nos sentamos a analizarla… . 

Déjala correr, sabiendo que siempre encontrará el camino.

Be water, my friend…